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Educación

La escuela que nos mezcla

La segregación escolar limita oportunidades y debilita el conocimiento mutuo entre ciudadanos. Reducirla exige actuar sobre la admisión, los recursos y los costes ocultos, sin convertir a las familias ni al profesorado en culpables.

Por Redacción La Democracia · miércoles, 21 de octubre de 2026

Una sociedad empieza a separarse mucho antes de que sus ciudadanos discutan de política. Puede hacerlo en el trayecto hacia la escuela, cuando niños que viven cerca terminan creciendo en mundos educativos que apenas se encuentran. Si el origen familiar condiciona demasiado quién comparte aula con quién, la educación pierde parte de su capacidad para ampliar horizontes. Desde España debemos mirar esta cuestión sin simplificaciones: la segregación escolar no tiene una única causa, pero tampoco es una consecuencia inevitable de la libertad de las familias. Depende de decisiones residenciales, administrativas y educativas que podemos revisar.

El problema no consiste en que todos los centros deban ser idénticos. La diversidad pedagógica puede enriquecer el sistema y responder a necesidades diferentes. Lo preocupante aparece cuando se concentran dificultades sociales y educativas en unas escuelas mientras otras cuentan de manera sistemática con condiciones más favorables. Entonces, las diferencias iniciales se refuerzan mediante expectativas, redes de relación y posibilidades de acceso a actividades complementarias. No necesitamos negar el esfuerzo individual para reconocer esta desigualdad. Precisamente porque valoramos ese esfuerzo, debemos evitar que unos alumnos tengan que superar obstáculos que otros ni siquiera llegan a conocer.

La geografía urbana explica una parte importante del fenómeno. Si el acceso a determinadas zonas residenciales depende de rentas elevadas, una escolarización basada exclusivamente en la proximidad puede reproducir esa separación. Pero alejar al alumnado de su barrio tampoco constituye por sí mismo una respuesta adecuada: puede aumentar desplazamientos, romper vínculos y dificultar la conciliación. Necesitamos estudiar áreas de admisión que conecten espacios socialmente diversos, mejorar el transporte cuando sea necesario y coordinar la planificación educativa con la vivienda y el urbanismo. La escuela no puede corregir sola una ciudad que distribuye desigualmente sus oportunidades.

La elección familiar merece respeto, aunque conviene preguntarnos qué capacidad real de elegir tiene cada hogar. Disponer de tiempo para visitar centros, comprender procedimientos o asumir desplazamientos marca diferencias. Una oferta aparentemente abierta puede resultar inaccesible por cuotas, servicios asociados o expectativas económicas implícitas. Las administraciones deberían garantizar información comprensible y acompañamiento presencial, además de vigilar cualquier barrera incompatible con la financiación pública. La libertad educativa se vuelve más efectiva cuando deja de depender del conocimiento informal y de la capacidad de pago. No basta con publicar una lista de opciones que una parte de las familias no puede utilizar.

Los mecanismos de admisión deben valorar sus efectos sobre el conjunto del sistema. Podrían incorporar reservas de plazas para alumnado vulnerable, criterios de distribución equilibrada y una gestión coordinada de las incorporaciones durante el curso. Su diseño requiere datos locales y evaluación, porque una medida razonable en una ciudad puede funcionar mal en un municipio disperso. También necesita compromisos exigibles a todos los centros sostenidos con fondos públicos. No sería justo que una parte de ellos asumiera en solitario las necesidades sobrevenidas mientras otros conservaran intacta su capacidad de selección, explícita o indirecta.

Ahora bien, redistribuir matrículas sin reforzar los apoyos sería una política incompleta. Los centros con mayores necesidades requieren equipos estables, orientación, profesionales de apoyo y tiempo para coordinarse con servicios sociales y sanitarios. La financiación debería atender a esas condiciones, no limitarse al número de alumnos. También debemos facilitar que docentes experimentados puedan desarrollar allí proyectos duraderos, evitando que cada curso obligue a empezar de nuevo. La estabilidad no se consigue apelando al heroísmo del profesorado. Se construye mediante condiciones laborales, liderazgo pedagógico y respaldo administrativo sostenido.

La mezcla social tampoco garantiza por sí sola una experiencia compartida. Dentro de un mismo centro pueden reproducirse separaciones mediante agrupamientos rígidos, itinerarios tempranos o actividades cuyo precio excluye a determinados estudiantes. Necesitamos revisar estas prácticas y asegurar que comedor, excursiones, materiales y propuestas culturales no marquen fronteras cotidianas. La convivencia se aprende colaborando en tareas que reconocen capacidades distintas y exigen responsabilidades comunes. Un aula diversa ofrece esa posibilidad, pero aprovecharla requiere formación docente, apoyos y una organización que no convierta las diferencias de partida en categorías permanentes.

Evaluar los avances exige más cuidado que publicar clasificaciones de centros. Los resultados académicos aportan información, pero deben interpretarse junto al contexto y la evolución del alumnado. De otro modo, podemos premiar la selección de estudiantes antes que el trabajo educativo. Sería útil observar asistencia, continuidad de estudios, bienestar, participación familiar y reducción de brechas, protegiendo los datos personales. La evaluación debería servir para mejorar decisiones y detectar apoyos insuficientes. Cuando se utiliza principalmente para construir reputaciones comerciales, puede acelerar la huida de familias y agravar los problemas que pretendía describir.

Existe además una dimensión democrática que no deberíamos perder. Compartir escuela permite descubrir que las experiencias familiares no son universales y que las diferencias no impiden cooperar. No convierte automáticamente a nadie en una persona tolerante, pero crea oportunidades de conocimiento mutuo difíciles de reemplazar después. Una sociedad cuyos grupos solo se observan a distancia queda más expuesta a las caricaturas. Invertir en espacios educativos comunes significa ampliar la posibilidad de reconocernos como ciudadanos con derechos y obligaciones, no únicamente como miembros de entornos separados que compiten por proteger sus ventajas.

El camino exige acuerdos territoriales estables y una implantación gradual que escuche a familias, profesionales y estudiantes. Podemos empezar identificando barreras económicas, reforzando los centros más expuestos y revisando las admisiones con objetivos públicos de mejora. También debemos explicar las medidas sin estigmatizar barrios ni presentar a ningún niño como un problema que haya que repartir. La finalidad es ofrecer mejores condiciones de aprendizaje y convivencia a todos. Una escuela más compartida no borrará las desigualdades del país, pero puede impedir que las heredemos sin discusión. Esa es una responsabilidad concreta y una esperanza que merece organización.

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