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Igualdad

Cuidar sin desaparecer

La igualdad seguirá siendo incompleta mientras cuidar implique renunciar a ingresos, autonomía y participación. Necesitamos repartir esta responsabilidad entre hombres y mujeres, familias, empresas y servicios públicos.

Por Redacción La Democracia · viernes, 9 de octubre de 2026

Hay trabajos que mantienen en pie nuestra vida común y que solo se vuelven visibles cuando dejan de hacerse. Acompañar a una persona mayor, atender a un familiar dependiente o sostener la rutina de un niño requiere tiempo, conocimiento y energía. Sin embargo, seguimos tratando buena parte de ese esfuerzo como una disponibilidad privada que siempre aparecerá. Y esa disponibilidad tiene un reparto desigual: recae con demasiada frecuencia sobre las mujeres, con consecuencias para su empleo, su descanso y su autonomía.

Nos equivocamos cuando reducimos este problema a una cuestión de organización doméstica. Las decisiones familiares se toman dentro de condiciones concretas: horarios laborales, ingresos, servicios disponibles y expectativas culturales. Si una persona gana menos, puede parecer razonable que sea ella quien reduzca su jornada. Pero esa solución inmediata puede ampliar la desigualdad salarial y perjudicar su trayectoria futura. Lo que se presenta como una elección libre no siempre lo es cuando faltan alternativas viables.

Por eso una política de cuidados debe comenzar por garantizar apoyos suficientes y accesibles. La atención a la dependencia, la educación infantil y los servicios de proximidad no sustituyen los afectos: permiten que estos no se conviertan en una obligación agotadora. Tampoco existe una única respuesta válida para todas las situaciones. Necesitamos opciones que respeten la voluntad de quienes reciben cuidados y que no presupongan que habrá una hija, una pareja o una vecina disponible para cubrir cualquier carencia.

La corresponsabilidad masculina requiere algo más que reconocimiento verbal. No consiste en ayudar ocasionalmente, sino en asumir tareas completas, incluida su planificación. Saber qué hace falta, organizar una cita o responder ante un imprevisto también es trabajo. Los permisos y la organización laboral pueden facilitar ese cambio, pero las empresas deben dejar de interpretar el cuidado como una falta de compromiso profesional. Mientras la disponibilidad ilimitada funcione como mérito, estaremos premiando a quienes pueden descargar sus responsabilidades sobre otras personas.

También debemos mirar a quienes cuidan de manera remunerada. No construiremos igualdad trasladando la sobrecarga de unas mujeres a otras con menos recursos o menor protección. El trabajo doméstico y de cuidados necesita condiciones dignas, formación, prevención de riesgos y vías efectivas para reclamar derechos. Las trabajadoras migrantes merecen especial atención frente a situaciones de dependencia y abuso. La intimidad del hogar no puede convertirse en una frontera detrás de la cual las garantías laborales pierdan fuerza.

Nada de esto puede sostenerse únicamente sobre subvenciones temporales o sobre la buena voluntad. Hace falta financiación estable, coordinación entre administraciones y una evaluación que escuche tanto a quienes cuidan como a quienes reciben atención. También debemos incorporar esta realidad a la negociación colectiva y a la planificación de nuestros barrios y pueblos. Un servicio inaccesible por sus horarios o por la distancia puede existir sobre el papel y resultar inútil en la práctica.

La cuestión de fondo es qué entendemos por una vida autónoma. Nadie lo es por completo: todos necesitamos cuidados en distintos momentos. Reconocer esa interdependencia no nos hace menos libres; nos permite construir una libertad menos frágil y mejor repartida. Podemos aspirar a una sociedad donde cuidar no obligue a desaparecer de la vida profesional, pública o personal. Para ello, debemos dejar de agradecer silenciosamente el sacrificio y empezar a compartir de verdad la responsabilidad.

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